4.10.10

M, el alquiMista

Esta es la entrada número M de nuestro blog, así que lo que toca es agradecer a todos los lectores y compañeros su apoyo y recordar el reciente pasado. Escribiendo siempre a ratos y leyendo mucho, hemos conocido en nuestros pastos a mucha gente de bien, borreguitos de pura cepa unos y pastores de elevadas miras otros, casi todos ellos dignos de prestarles la debida atención, incluyendo (por ser un poco recursivo) a la plataforma Blogger, tan pronto absorbida por nuestro todopoderoso proveedor de servicio, que también fuera protagonista de estas páginas en diversas ocasiones.

Mil son las palabras que hay que amontonar para obtener una imagen del mismo valor; mil es el entero que antecede al palíndromo binario de cuatro cifras de menor cantidad y que tiene su propio blog, y también es el apellido del personaje al que dedico este post, ese ladronzuelo llamado Franz que, al igual que muchos otros estafadores de la Alemania nazi, tratando de robar al poderoso acabó con las ilusiones y ahorros de casi todo su pueblo tratando de vender el sueño de cualquier alquimista al mejor postor.

[para leer más sobre Franz, haz clic aquí y aquí]

1 comentario:

Antonio dijo...

Llama al que lía gruesos cigarrillos,
al forzudo, y ofrécele batir
en tarros de cocina las concupiscentes cuajadas.
Deja que las sirvientas huelguen con los mismos vestidos

que suelen llevar, y deja que sus galanes
lleven flores envueltas en periódicos del mes pasado.
Deja que ser rime con parecer.
El único emperador es el Emperador de los Helados.

Llévate algo del aparador
donde faltan tres borlas de cristal, aquella sábana
donde ella bordaba una vez fantasías
extendiéndola luego para ocultar su cara.
Si sus callosos pies quedan fuera, llegan
a mostrar qué fría y muda está ella.
Deja fijar la lámpara a su viga.
El único emperador es el Emperador de los Helados.